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martes, 14 de agosto de 2018

Va a salir genial


"Va a salir genial" puede ser el típico tópico que se le dice a cualquiera que te importa, cuándo está preocupado por algo. Si se acompaña, además, de un abrazo de los de verdad, de los que salen del alma y acarician a otra alma, de los que duran tiempo porque el tiempo deja de importar, entonces, es además doblemente curativa.

Pero no siempre es así. No siempre es un tópico y, mucho menos, típico. A veces, esa frase oculta cosas que no se dicen y que la hacen sencillamente real.

Va a salir genial porque...

Porque siempre trabajas duro para conseguir lo que te propones, y eso siempre se nota en el resultado. En lo que fluye. Se transmite por el aire y llega. Llega a tocar otros corazones. Remueve sentimientos y conciencias. Y propone preguntas con las que cuestionarse a uno mismo. Y eso es, sencillamente, genial.

Quizá no salga perfecto, pero sí genial. No hay que confundir esas dos grandes palabras, porque una de ellas es una impostora. Algunos aspiramos a ella cada día. Tratamos de que la siguiente vez sea mejor que la anterior. Hablo de las personas perfeccionistas, en el mejor de los sentidos del término. Esas personas que se fijan y cuidan los pequeños detalles en los que, muchas veces, la mayoría no repara porque se han perdido en el conjunto. Una persona perfeccionista siempre encontrará fallos en cualquier cosa que haga, porque de esos fallos aprende, saca lecciones y los corrige. Eso les hace superarse. Tú eres una persona perfeccionista y por eso nunca saldrá perfecto, porque la perfección es subjetiva y no existe; y en dónde otros lo vean inmejorable, tú sabrás que puede ser aún mejor. Eso lo distingue del resto, eso lo hace genial. Genial viene de genio, y los genios (talentos) sí existen.

Será genial porque habrá diversidad. Es subjetivo. Habrá a quién no le guste y otros lo amaran embobados. Va a salir genial porque no dejará indiferente. Porque tuve la ocasión de ver dos retazos fijos, sin saber lo que veía y me removieron. Así que verlo completo, como he dicho, va a ser genial.

Va a salir genial porque las personas perfeccionistas suelen ser, además, muy auto-exigentes. Por lo que sacrificaras el tiempo que haga falta. Porque te exigirás el máximo y darás ese máximo, porque no te conformarías con menos. Y lo haces por tí, por quedarte satisfecho. Por decir "puede mejorar, pero ha salido genial". Porque bien sabes, y sé, que las personas verán cuarenta minutos, pero más de la mitad no se imagina cuántas horas llevan invertidas esos minutos. Así que tú eres tú mejor espectador y tú peor crítico. Y, también por eso, va a salir genial.

Quizás no perfecto. Pero estoy segura de que sí genial.

sábado, 21 de abril de 2018

Los dos puntos suspensivos


"Un fin demasiado insípido para una historia tan larga", se dijo en el preciso instante en que sintió que se habían marchado dos de los puntos suspensivos.
Fue después de todo. Un día anodino. Una tarde cualquiera en la que no recordó nada de su historia.
Habían habido guerras mundiales, alambradas de hielo, sangre en forma de lágrimas. Silencios no pactados. Tratados de paz. Terremotos con tormentas, faros destrozados por los naufragios.

Reconcialiaciones. Se habían perdido y se buscaban y se encontraban. Y volaban juntos y por separado. Creyeron que estaban destinados a no perderse y eso les hacía fuertes. Hubo palabras que rompían corazones, te quieros que se morían en desuso. Gritos y mares salados resbalando por las calles grises. Pero volvían.

Volvían a escontrarse. Por eso, maldiciendo la traición de la nostalgia, a veces, miraba de soslayo el escalón que había al lado de su portal, por si le esperaba allí por sorpresa un día al regresar. Pero nadie había esperando cuando volvía. Paró todos sus relojes para que el tiempo no jugase en su contra. Miraba el móvil con el destructivo deseo de la expectativa rota. Sin mensajes. Sin llamada. Sin señal.
Mandó cartas al aire, susurros al viento que no tocaban su oreja. Se resistió a perder. A perderle cuando todo estaba perdido. Se jugó la nada que le quedaba a que ponía la mano en el fuego sin quemarse. De primer grado fueron las ampollas.

El silencio iba consumiendo el ansia, la esencia y la añoranza. Las dudas se disolvieron en la única respuesta a todas sus preguntas.

El mundo se había dividido en dos realidades que solo se cruzaban para descruzarse. Siguió andando.

Alguien, de tanto en tanto, detenía su paso para hablarle de lo que ya no quería escuchar y el pasado conjunto mordía con saña su yugular. Se quedó sin sangre.

Aquel día no había sentimiento valorable. Un ni fu ni fa que volvió témpano de cristal aquel desierto repleto de otros oasis. Ya bebía otras aguas y se colgaba de otros abrazos. Lo dio por perdido.

Los dos puntos suspensivos se suicidaron del reglón, cuando se dieron cuenta que habiendo oportunidades, nadie apareció.

miércoles, 21 de marzo de 2018

El Espejismo

Ella le propuso aquel plan. Espontáneo. De esos que salen desde muy adentro y solo porque sí. A él le encantó la idea, hace tiempo que no la veía y quería pasar tiempo con ella.
Ella fantaseó con toda la noche. Con cada instante bajo la luna. Escogió las palabras, que fueran certeras y llanas, verdaderas y profundas… que expresaran todo aquello que no tenía humana palabra para ser descrito. Tenía tanto que agradecerle. Tanto que decirle.

Fantaseo más allá de su propia fantasía y estiró los segundos imposibles, como si fuera la inventora y dueña del tiempo. Coincidían poco para su gusto y tenía ya demasiados besos colgando de abrazos, que se habían despeñado por el árido desierto de las noches en vela.

Ideó cada detalle. Desde su ropa hasta el color de su carmín. Escogió mentalmente el perfume que mejor le iba con la sonrisa de él.

Desde luego no se lo esperaba. Sabía que él no era amante de las sorpresas, pero aquella era diferente porque ella iba a crear magia. Y probablemente deseo desbocado en una pasión que creían domada.

Esa semana estuvo casi sin hablarle. No quería que sus ganas la traicionaran y, como una niña, fuera a contarle lo que su corazón tramaba. Tampoco quería que la presión le desbordarse, por eso le dio tiempo, libertad y alas.

Cada noche, antes de dormir, cerraba los ojos repasando cada fleco, cada puntada, cada instante… saboreando las palabras que saldrían de su boca. Aquel sentimiento encogido que aún no había sido confesado. Le daría todos los por qués y le mostraría todos los cómos.

Llegó el día y esperó una señal. La chispa que encendía la mecha de su oasis particular. De aquel paraíso que había urdido para ponérselo a sus pies y admirar juntos y abrazados la belleza efímera del instante.

Silencio.

El pronunció aquel “prácticamente imposible" y ella se tragó el dolor de la lanzada tras una sonrisa superpuesta. No podía ser… Aquello no lo había soñado. Tras una breve explicación, ella comprendió. A él le había engullido el tiempo mal entendido, disfrazado con el manto de plazos y obligaciones. No había construido ningún oasis, sólo un espejismo que se diluyó en una noche cualquiera sin magia que la arrope.

sábado, 20 de enero de 2018

Tonalidades de verde


Si existe un color característico de la historia que compartieron era, sin duda, el verde y su amplia gama de tonalidades.

Verdes fue aquella primera esperanza al conocerse. Al pensar que siendo tan distintos podían ser tan iguales. Ella lucía en su estandarte el brocado de la sinceridad y El acostumbraba a decir siempre la verdad. Entre verde y rojo aquellos primeros juegos cómplices que iban de las dobles intenciones a las ganas más intensas.

Verdes los paños que habían compartido. Las horas alrededor de una mesa que despistaba al tiempo. Las risas que inundaban de azucenas el aire. Los susurros y el reto. Las apuestas en las que, hasta cuando se pierde, uno gana.

Aquellas sinuosas carreteras, custodiadas por abetos verdes, en las que adoraba conducir. Escuchando a su grupo preferido: "Esta es tú noche y la mía", dijo El añadiendo banda sonora a cada capítulo del libro de su historia.

Verde era la Ciudad Esmeralda y su camino de baldosas amarillas cuando el sol le regalaba una caricia o un como estás o un te quiero a media tarde. También verdes y horrendos los fantasmas que habitaban en algunas paredes. O las serpientes que se anudaban en sus pies.

Guerra. Fuego cruzado. Fuego amigo. Sangre. Humo. Vísceras sangrantes. Corazones abiertos. Sin oxígeno y a pulmón.

Silencio.

Gris. Volvió el anodino gris plomizo que pesaba en los pulmones. Ella se apagó.

Silencio.

Aquella mañana era diferente. Hacía ya algún tiempo que el color llenaba su vida y los amaneceres la llenaban de luz. Los tapetes y las trizas ahora eran azules. Hasta la ironía de la vida tenía otro color. Estaba de espaldas, envuelta en risa, cuando aquella voz destacó por encima de las demás. No por la intensidad, sino por el tono que hubiera reconocido en cualquier lugar. Luego aquel reflejo en el cristal.

Silenció. El se fue. Silencio.

Ella no sintió nada, siquiera la necesidad de volverse. Cuando acabó la consersación, volvió a pisar las aceras dibujando arco iris en el asfalto. El verde no era más que un color.

lunes, 26 de junio de 2017

Tomar distancia

Se alejó de ella y, por eso, le acarició los rebeldes mechones con exquisita dulzura. Tenía que alejarse. Bien sabía que aquello no era posible y, mucho menos, viable. Bien sabía que solo era posible en el mundo de los sueños, en los cielos del deseo y en el Universo de su boca...

Se alejó de él y, por eso, paró todos los relojes que no marcaban la hora del principio. Sabía que no podía ser. Lo había sabido siempre. Quizá en el futuro... Pero no le iba a esperar eternamente, mientras la vida pasaba, como silencioso testigo, del crimen que cometieron al soltar sus manos.

Alejarse de ella era volver a la rutina sin sobresaltos. A la llama del hogar, sin el ojo del huracán que lo gobierne. Era la calma, sin la brisa fresca de las mañanas. en las que le regalaba las verdades, que no le eran vedadas, como si aquella mujer pudiese leer dentro de los ninboestratos de sus ojos.

Alejarse de él era aserverar que nunca le volvería a ver aunque sus caminos se cruzasen. Era quedarse con un saco vívido de recuerdos de otros tiempos. Era la nostalgia de mañana con distinto sabor a la de ayer. Era renunciar a su corazón columpiándose en la garganta. No volverse a mirar en sus ojos y no adentrarse, nunca más, en las profundidades del volcán de su cuerpo.

Se alejó de ella tantas veces... Era lo correcto. La forma de no herir a nadie, abriendo una herida, aún mayor, en el fondo de su esperanza. Era lo que debía de ser. A lo mejor, no era su mejor opción pero era lo mejor para todos, incluída ella que merecía tantas cosas que jamás le había dicho.

Le vio partir, tantas veces, en silencio... Y dolía como la vez primera. Se notaba el agujero que dejaba en el muro invisible de las lamentaciones que nunca profirió. Era oír aquel silbato del tren dentro de su cabeza, mientras se le escurría, entre las manos, los restos del naufragio que había dejado el penúltimo beso. Era perder la fuente misma de toda magia.

Pasaba el tiempo. El volvía.

Quitaba hojas del calendario. Ella volvía.

Ese era su particular y recurrente modo de distanciarse. Al fin y al cabo, paseaban bajo la misma lluvia.

lunes, 12 de junio de 2017

Réquiem


No tocaron a Réquiem las campanas oficiosas y la lucha se alzó reina, como cada noche. Porque era una noche más, sin pena ni gloria, sin vino y ya sólo las espinas de las rosas.

Tampoco compuso ningún músico su pieza más triste, ni tenía a quien tocársela o dedicarla. No había alma que remover ni corazón que tocar. Un cuervo cantaba su estridente melodía a lo lejos. Alas negras para un Réquiem insípido.

Tampoco hubo lágrimas y las plañideras ya habían llorado a todos los muertos; alguna de ellas, incluso, se arrrancó por soleares, llorándole a los vivos. Solo había huesos sin nombre. Calaveras rajadas como en las películas de bajo presupuesto. Pero sin director, ni guionista, ni productor que se interesase.


Era un entierro sin público. Sin buenas palabras y malos sabores. Era el silencio de la muerte enmudeciendo a la parca. Era todo y nada a la vez, como el gato de schrödinger con una crisis de identidad.

Era la angustia de otros tiempos. El dolor de las heridas secas. Era el aullido solitario de un lobo desgastado. Era todo y era nada. Como esas novelas que te dejan a medias, como los finales de los libros que nunca leíste. Desde luego no era ni "la sentina de escombros", ni "la feroz cueva de náufrago" que lloraba Neruda. Era más bien el poema 22.

Era la verdad y la mentira, sin ser falso ni cierto. Era lo despojado de todo. Un entierro como nunca hubiera imaginado.

Y así acabó todo. Sin beso de estación, ni tren que lo gobierne. Ni golondrinas en su ventana. Era la nada que llega detrás del Fin sin retorno. Del adiós sin hasta pronto.

domingo, 7 de mayo de 2017

Cristal templado


La muchacha miró aquel desastre con aparente gesto contrariado. Incrédula. Paralizada. Como si se hubiera vuelto roca en el mismo instante en el que, aquel espejo, tocó el suelo.

Le habían prometido estar hecho de un extraño cristal templado, irrompible. Con una nitidez de imagen indeleble, ni por el impío paso de los años. Aquel espejo que valía tanto para mirarse en él como a través de él.

Y allí estaba, esparcido por en suelo. Salpicando de esquirlas sus pies. Invadiendo el espacio y el tiempo. Succionando el aire hasta ahogarla. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo vería? La había dejado ciega.

Tras la primera impresión, se agachó resuelta a recogerlo. Cada uno de los trozos, algunos casi invisibles, le laceraron las manos sin poder detenerla.

Los tenía todos y, sin embargo, no encajaban. Como un puzzle sin solución. Como una tarde de verano gris. Como un otoño sin lluvia. Como el vacío sin materia.

Lloró. Y trató de pegarlo con aquellas lágrimas. En cada junta, en cada pequeño cristal. Pero distorsionaba la imagen. Se parecía, pero no reflejaba lo mismo. Cayó otra lágrima y lo volvió a quebrar más todavía.

Se le detuvo el corazón un segundo eterno.

Miró sus sangrantes manos. No era la primera vez que sangraba, pero era la única sin sentido. La usó para pegarlo. Quizá cambiara el color, pero tenía que recuperarlo como sea porque aquel espejo era único, de valor incalculable, más allá de todo precio. Las piezas volvieron a unirse, pero distorsionaba y tornasolaban, sin permiso, tonos cobrizos que la confundían.

La desesperación se apoderó de ella.

Recordó el poder que pueden llegar a tener las palabras. Así que le habló desde lo más hondo de su corazón. De expectativas, de sueños, de anecdotas pasadas y momentos futuros, de lo que habían pasado juntos. De las batallas que habían resistido y de las que todavía no habían librado. Y las piezas se unieron, solas, ante su vista, encajando casi a la perfección. Se miró en el espejo incrédula y... Vio como estallaba, antes sus ojos, dejándola casi sin alma.

Lloró. Sangró. Y volvió a recogerlos todos. Tardó varios días esta vez.

Exhausta, pero sin detenerse, usó una pasta de unir, la más poderosa que conocía: los sueños. Los puso todos sobre la mesa. Si los usaba para unir el espejo, los perdería. Lo sabía bien. Pero no podía perder aquel espejo único, así que sacrificó casi todos. Las esquirlas, cada vez más pequeñas, encajaron de nuevo.

Pero al mirarse... No era más que un mosaico que reflejaba una silueta amorfa y oscura, sin saber donde acaba ella y dónde empezaban las sombras que habitan en las paredes.

No se dio por vencida. Usó fuego y rayos y lluvia, de temporal y de rocío, rayos de alba, noches en vela... Le suplicó, le rogó, lo mimó, le gritó. Usó tardes únicas, noches inolvidables, madrugadas de confidencias. La risa, la carcajada.

Ya nada reflejaba. Pero siguió intentándolo, una y otra vez, volviendo a herirse las manos sobre heridas ya abiertas. Hasta peder el último ápice de fuerza y esperanza.

Realmente, ella, lo supo desde el primer instante que tocó, por primera vez, aquel suelo de zarzas y espinas. Nunca volvería a reflejar igual. Ya no era su espejo único e irrompible de cristal templado, sino un mosaico caótico sin solución. Por mucho que desease conservarlo, distorsionaba cada vez más. Y, entonces, se le partió el corazón.

Sacó las pocas fuerzas que su Voluntad atesoraba, y lo lanzó contra la pared de realidad que tenía enfrente. Lo redujo a móleculas invisibles.

Sin decir nada. Se marchó.

jueves, 6 de abril de 2017

Alas doradas y negras

Capítulo 1.- Alas doradas

Cuidado con lo que deseas porque... Se puede hacer realidad.
Quiso volar.

El mundo era un lugar demasiado pequeño para sus sueños. La realidad demasiado inestable para sus instantes perdidos. El sol no brillaba bajo la lluvia. El gris era un arco iris de asfalto. Las almas de plástico paseaban por los parques, dejando su sombra de astío en todos ls bancos.

Quiso volar y voló.

Allí, en mitad de la nada a la que había reducido el vacío de sus bolsillos, con las rodillas clavadas en el suelo y manos sobre el pomo de la espada, una mujer lloraba como se llora de verdad: hacia dentro. Las alas brotaron majestuosad en su espalda. Doradas. Incendiadas por el fuego del atardecer. De aquel adormidero de infelicidades seguras, tan falto de pasiones que la alimentasen.

Espada y escudo bien asidos, se elevó en vertical, alejándose de aquel cementerio de ladrillo muerto y escamas de trazos de olvido. De aquel cenagal de hipocresía pintado de espejismo.

Voló por encima de las nubes. En libertad. Con un viento a favor que engrandecía las plumas.

Entonces lo supo. Había nacido para volar y aquella, su nueva piel, era en verdad la esencia de lo que siempre había sido.

viernes, 31 de marzo de 2017

Cara y Cruz

La imagen de María JJimenez que insipiró a "La Musa de la Luna"
Me llegó como un regalo a modo de publicación en una red social y con un mensaje que decía: "Cuando eres buena eres muy buena pero cuando eres mala eres mucho mejor... -Pongamos que me llamó Eloísa- no pierdas tu esencia".

Me quedé un rato mirándolas, "una mujer sentada" las llamé huyendo de prejuicios y stereotipos de género... Pero viéndolas ahí... Dos instantes, la misma mañana y, aún así, separado por el tiempo. El angel y la diablo. "Ha conseguido captar la esencia, la jodida", me dije sin decírselo. ¿Cómo cambiar lo que era? ¿Cómo renunciar a mi esencia? ¿Y que importan los nombres en la magia de los momentos?

Pongamos que la mujer sentada sobre fondo negro, Eloísa, es el ángel. Pongamos que la mujeres retando al suelo rojo, La Ordago, es la diablo. Pero un diablo repudiado del Infierno. Nunca entendieron la ética. Y allí estaba: la cara y la cruz, la noche y el día... Eloísa y la desterrada "La Ordago".

Entonces recordó a aquel a quien quiso tanto como para no dejar de quererlo nunca. Aquel que con voz grave y rizos negros, en aquel momento, en aquella habitación, con aire preocupado y, aquella chica que bien conocía su alma, pudo atisbar hasta miedo - Fuera nevaba: "Estoy enamorado de Eloísa, no contaba con ella y puso mi mundo entero del revés, y todo lo seguro era inseguro, y todo lo malo bueno, y todo lo negro fue blanco, la niña que apaga farolas a su paso... Pero La Ordago, ésa es mi mejor amiga, la que siempre está ahí, la de la lealtad y palabra, la guerrera que no traiciona y ahora necesito a mi mejor amiga". Un precioso recuerdo. Por cierto, la tuvo (a su mejor amiga).

Eloísa es la fantasía de lo cotidiano, la pasión que vuelve los lunes en sábados, la dulzura que sale cuando no se la llama. La Ordago es la de lengua afilada y satírica, la que llamas a las tres de la mañana y acude sin pensarlo, la que protege a los suyos, a los amigos... A esa familia que se elige.

Eloísa es la de sesibilidad extrema que es capaz de tocar algunos corazones y sacar lo mejor de sí mismos, es la que te sorprende por que sí con una piruleta, la que te regala un no cumpleaños, la que sueña despierta, la que llora pero prefiere la sonrisa, la belleza de lo simple.  La Ordago es la guerrera que no teme, la que enfrenta las afrentas, la que te cubre con su escudo y sacrifica una vida, que usa su lanza contra lo injusto y miserable. La que no teme hablar y aborrece la mentira y al que miente, la que no entiende la traición y nunca se planteó olvidar una. La que cae de rodillas, sangra, llora, mira al sol y se levanta.

Es todo eso y no es nada de lo anterior. Dos caras de la misma moneda, dos gotas en medio del oceáno. Dos realidades pero un solo corazón.

Para María José (Nakarte).
Un regalo de mi musa a la tuya. 

lunes, 27 de marzo de 2017

Los cuatro elementos

Lo eran todo.

Fueron FUEGO. Aquella admiración mutua, aquel amor que se profesaban más allá de lo carnal y mundano, más allá del Parnaso de los poetas, más allá de cualquier definición que pueda encerrarse en unas letras. Y ardían en la hoguera de un abrazo de verdad, de ésos que te acarician el corazón y que se comunican en el idioma del alma. Ardían en solitario cuando sus ojos no se hallaban, sus manos no se tocaban y sus pasos no se cruzaban. Hasta que se volvían a ver y se incendiaba el aire y los espíritus primigenios bailaban sobre las brasas. Y sus ojos prendían llama. Un fuego que era acogedor como el hogar o pura devastación. Y, cuando se unían, cuando daban los mismos pasos en la misma dirección, no había lanza de poderoso ejército que contenerles pudiera. Eran uno. Latían al tiempo y el mundo se arrodillaba a sus pies. El mismo mundo que se tornaba Infierno cuando Dante no tocaba el violín y el tiempo no era un buen aliado.

Fueron AIRE. Aire fresco de primavera que renueva con risas verdaderas, de ésas que duelen. De esas que se graban. De ésas inusuales. De ésas que, cuando faltan, se echan de menos a manos llenas y saben a despensa vacía de lunes. Y, cuando a una de las partes, se le quebraban las alas, la otra parte buscaba siempre el modo de repararlas o forjar unas más grandes y fuertes. ¿De que valdría el aire si no fuera para volar? Y cuando Eolo se callaba, los dos se soplaban las velas a pulmón; viviendo cada uno su vida, pero amando sus sueños, alimentándose mutuamente. Pero, otras veces, el cielo amenazaba tempestad y el choque era tal que no se conocía ciclón peor, y las ruinas llegaban y la calma no aparecía hasta ver cenizas grises de corazones rotos. Pero siempre volvían. Se buscaban. Es una de las características del aire: Es indivisible.

Fueron TIERRA. Siempre había un lugar al que regresar. Una tierra prometida por conquistar. Cuando se apagaban todos los faros y la oscuridad cegaba a uno de los dos, el otro prendía la almenara indicando tierra a la vista. No había mejor brújula que aquel abrazo. Y, si las dos partes naufragaban, el primero que encontraba tierra rescataba al otro de su propio temporal. Siempre había un lugar que era principio y fin. La arena bajo el asfalto de la playa que conquistaron. Aquel mundo construído para ellos, en dónde no existía más distancia que la que se recorría, nunca la que separaba.

Y quizá por eso, porque lo habían sido todo. Una parte intentó dilatar el tiempo, extenderlo, alargarlo, jugarlo en su favor, pisotearlo, recomponerlo y volverlo a pisar, mientras la otra parte permanecía inmóvil. Como estátua de gesto pétreo que, con su sola sombra, causa terror. Y buscó el fuego, pero eran las cenizas. Y buscó el aire, pero era la calma absoluta. Y buscó la tierra, pero solo halló el mar. Y gritó en silencio y a pleno pulmón. Y lloró. Y rió histriónicamente. Y se mintió en la mentira de una realidad cada vez más tirana. Y trato de abrazar a aquel pequeño recuerdo... El único que conservaba con color, que no había perdido su brillo. Pero fue AGUA. Y, por mucho que quiso retenerlo, agarrarlo fuertemente... Estrujarlo por negarse a perderlo, se le escapó entre los dedos congelándole la mano. Hasta la última gota que vió difuminarse con tristeza agónica. Ya no habían preguntas, y todas las respuestas se habían fundido en una sola.

Realmente, no eran nada.